Halcón Peregrino

 

Sobre su atalaya, en un acantilado de la costa Cantábrica, el halcón vigila el paso de las aves. Podemos escuchar a  sus polluelos reclamar alimento, a sabiendas de que sus progenitores son verdaderas flechas en la caza y de que sus reclamos pronto obtendrán resultado. El ave maestra de la cetrería, el “Señor de la Caza”, puede alcanzar la velocidad de un formula 1 y picar sobre sus presas a más de 280 kilómetros por hora. Una fisonomía aerodinámica y una potencia en vuelo implacable, permite al halcón abatir casi a cualquier ave que surca el cielo del norte. Un plumaje bello, caperuza oscura, mirada atenta, garras prensiles y letales… Una obra de arte de la naturaleza que, como todos los seres de la Tierra, mima con amor a su prole que asustada desafía al acantilado desde una pequeña repisa u oquedad. Desde su refugio, los polluelos se encuentran protegidos del aire norteño, del temporal, de la borrasca que penetra en la cornisa desde el oeste y ocultos e inaccesibles irán creciendo y desarrollándose hasta lograr domar al viento. Cuando los vástagos comienzan sus primeros vuelos, reclaman ayuda a sus progenitores que les enseñan a volar, a picar, a elevarse para caer sobre las presas como las sombras del viento. La ley de la naturaleza de nuevo, presas y depredadores que se disputan la vida en un mundo en el que los más débiles siempre sucumben ante el mordaz.